Mujer serena junto a una ventana practicando gratitud

Hay momentos en los que sentimos que nos falta algo.

Más tiempo.
Más dinero.
Más amor.
Más tranquilidad.
Más certezas.

Y mientras miramos todo aquello que todavía no tenemos, podemos dejar de ver algo importante:

todo lo que ya está sosteniendo nuestra vida.

Hoy quiero hablarte de la gratitud.

Pero no de esa gratitud que consiste en decir “gracias” por costumbre.

Tampoco de obligarte a pensar en positivo cuando estás atravesando un momento difícil.

Hablo de una gratitud mucho más honesta.

La que te permite detenerte durante unos minutos y reconocer lo que existe, lo que has superado, las personas que te acompañan, las pequeñas cosas que todavía te hacen bien y también la mujer en la que te has convertido después de todo lo vivido.

Porque agradecer no significa negar lo que duele.

Significa aprender a mirar tu vida completa.

Y quizá ahí empiece a cambiar algo.

La gratitud no consiste en fingir que todo está bien

Durante mucho tiempo confundimos gratitud con conformismo.

Como si agradecer significara decir:

“Estoy bien, aunque no lo esté.”

Pero no.

Puedes estar cansada y agradecer.

Puedes estar atravesando una pérdida y agradecer.

Puedes estar reconstruyendo tu vida y agradecer.

Puedes querer que algo cambie y, al mismo tiempo, reconocer lo que sí tienes hoy.

La gratitud no borra las dificultades.

Las coloca dentro de una mirada más amplia.

Puedes decir:

“Esto está siendo difícil.”

Y también:

“Hay cosas en mi vida que todavía merecen mi atención y mi agradecimiento.”

Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.

1. Agradecer lo que ya existe.

Mujer con las manos sobre el corazón practicando gratitud

El primer paso no es pensar en todo lo que quieres conseguir.

Es mirar lo que ya existe.

Tu casa.

Una conversación que te hizo bien.

Una persona que estuvo cuando la necesitabas.

Una mañana tranquila.

El café que tomas sin prisa.

Tu cuerpo, incluso en los días en los que no te gusta cómo te ves.

Tus manos.

Tus piernas.

Tu capacidad de empezar otra vez.

Tu experiencia.

Todo aquello que has aprendido.

Hay cosas que parecen pequeñas hasta que un día comprendemos cuánto significaban.

Por eso, antes de preguntarte:

“¿Qué me falta?”

prueba a preguntarte:

“¿Qué ya está aquí?”

Puede parecer una pregunta sencilla.

Pero cambia el lugar desde el que observas tu vida.

2. La gratitud cambia aquello a lo que prestas atención

Nuestra mente tiene la capacidad de concentrarse muchísimo en lo que falta.

Una preocupación puede ocupar toda nuestra atención y hacer que olvidemos diez cosas que sí están funcionando.

Practicar la gratitud puede ser una manera sencilla de interrumpir ese patrón.

No porque desaparezcan los problemas.

Sino porque dejamos de mirar exclusivamente hacia ellos.

Cuando empiezas a preguntarte cada día qué ha sido bueno, qué te ha sostenido o qué merece ser reconocido, comienzas a entrenar una mirada diferente.

Una mirada que no niega la realidad.

Pero tampoco permite que lo difícil sea lo único que existe.

Y eso, para mí, es una de las formas más bonitas de la gratitud.

3. Agradecer incluso cuando la vida no salió como esperabas

Esta es quizá la parte más difícil.

Porque es sencillo agradecer cuando todo marcha bien.

Lo complicado es encontrar algo que agradecer cuando una etapa de tu vida se rompe.

Cuando una relación termina.

Cuando un proyecto no funciona.

Cuando tienes que empezar de nuevo.

Cuando una versión de ti misma ya no encaja con la vida que estás viviendo.

Aquí quiero hacer una diferencia importante:

no tienes que agradecer el dolor.

No tienes que llamar “bendición” a algo que te hizo daño.

No tienes que encontrar una lección inmediatamente.

A veces simplemente necesitas atravesar lo que estás viviendo.

Pero puede llegar un momento en el que puedas preguntarte:

¿Qué aprendí de mí?

¿Qué descubrí que ya no quiero?

¿Qué límite aprendí a poner?

¿Qué parte de mí apareció después de aquello?

La gratitud puede aparecer entonces.

No por lo que te hizo daño.

Sino por lo que fuiste capaz de descubrir y reconstruir después.

4. La gratitud también puede ayudarte a reconocer tu propia historia

Hay una forma de gratitud de la que hablamos muy poco:

agradecerte a ti misma.

Agradecerte por haber seguido.

Por las veces que empezaste de nuevo.

Por las decisiones difíciles que tomaste.

Por las veces que cuidaste de otros cuando también necesitabas que alguien cuidara de ti.

Por las veces que dijiste “ya no puedo más” y, aun así, encontraste la manera de levantarte al día siguiente.

Quizá no hayas llegado todavía donde quieres estar.

Pero mira todo lo que has recorrido.

La mujer que eres hoy no apareció de la nada.

Está hecha de decisiones, pérdidas, aprendizajes, errores, pequeños triunfos y momentos que nadie más vio.

También puedes agradecerte por haber llegado hasta aquí.

5. La gratitud no tiene que convertirse en otra obligación

Hay algo que quiero que recuerdes.

No necesitas convertir la gratitud en una tarea más de tu lista.

No necesitas levantarte a las cinco de la mañana.

No necesitas escribir veinte cosas cada día.

No necesitas crear un ritual complicado.

La gratitud puede ocupar solamente un minuto.

Mientras tomas tu café.

Mientras caminas.

Antes de dormir.

En el coche.

Mientras esperas.

Solo necesitas detenerte y reconocer algo.

Algo pequeño.

Algo real.

Algo que hoy merezca ser visto.

Porque cuando intentamos convertir el bienestar en otra obligación, terminamos agotándonos incluso de aquello que supuestamente debía ayudarnos.

Un pequeño ritual de gratitud para volver a ti

Este es el ejercicio que quiero dejarte hoy.

No necesitas nada especial.

Solo unos minutos.

Por la mañana

Antes de comenzar el día, piensa en tres cosas que ya tienes y que agradeces.

No tienen que ser grandes.

Puede ser:

“Estoy agradecida por mi salud.”

“Estoy agradecida por tener una nueva oportunidad hoy.”

“Estoy agradecida por esa persona que está a mi lado.”

O simplemente:

“Estoy agradecida por estar aquí.”

Durante el día

Cuando ocurra algo agradable, por pequeño que sea, detente unos segundos.

No lo pases por alto inmediatamente.

Reconócelo.

Una conversación.

Una sonrisa.

Una comida que disfrutaste.

Un momento de tranquilidad.

Una buena noticia.

Por la noche

Antes de dormir, pregúntate:

¿Qué fue bueno hoy?

No qué hice mal.

No qué me faltó.

No qué debería haber hecho.

¿Qué fue bueno?

Y permite que tu mente lo recuerde.

Agradecer por lo que todavía no ha sucedido.

No necesitas pensar que agradecer algo por adelantado hará que necesariamente ocurra.

Puedes utilizarlo como un ejercicio de intención y confianza.

Si hay algo que deseas para tu vida, puedes cerrar los ojos y decir:

“Estoy agradecida por la mujer que estoy construyendo.”

“Estoy agradecida por las nuevas oportunidades que estoy aprendiendo a reconocer.”

“Estoy agradecida por la paz que estoy creando en mi vida.”

No estás intentando controlar el futuro.

Estás recordándote hacia dónde quieres caminar.

Y esa diferencia importa.

La gratitud también necesita espacio para el dolor.

Quiero volver a esto porque para mí es fundamental.

No quiero que Esencia de Mujer sea otro lugar donde una mujer tenga que fingir que está bien.

Si hoy estás triste, puedes estar triste.

Si estás enfadada, puedes estar enfadada.

Si estás cansada, puedes reconocerlo.

Y aun así puede existir un pequeño espacio para agradecer.

No necesitas elegir entre:

“Estoy mal”

o

“Tengo que ser positiva.”

Puedes decir:

“Hoy no estoy bien.”

Y también:

“Hay algo en mi vida que agradezco.”

Eso es mucho más humano.

La gratitud puede convertirse en una forma de volver a ti.

Quizá por eso me gusta tanto esta práctica.

Porque no te pide convertirte en otra mujer.

Te pide mirar.

Mirar lo que tienes.

Mirar lo que has vivido.

Mirar lo que has aprendido.

Mirar a las personas que forman parte de tu vida.

Y, sobre todo, mirarte a ti.

Después de tantos años ocupándonos de todo y de todos, quizá una de las cosas más bonitas que podemos aprender sea detenernos y decir:

“También quiero reconocerme.”

Un minuto para agradecerte.

Hoy quiero proponerte algo diferente.

Pon una mano sobre el corazón.

Respira.

Y piensa en una cosa que hayas hecho por ti últimamente.

Puede ser algo enorme.

O puede ser algo tan pequeño como haber dicho que no.

Haber descansado.

Haber pedido ayuda.

Haber salido de una situación que ya no te hacía bien.

Haber empezado de nuevo.

Ahora di:

“Gracias por no abandonarme.”

No hace falta que lo sientas perfectamente.

Solo dilo.

A veces el amor propio también empieza por aprender a reconocer nuestros propios esfuerzos.

La gratitud no cambia tu pasado. Cambia la manera en que lo miras.

No podemos cambiar lo que ocurrió.

No podemos recuperar determinadas etapas.

No podemos borrar algunas heridas.

Pero sí podemos cambiar la relación que tenemos con nuestra propia historia.

Y quizá eso sea una forma profunda de libertad.

Mirar atrás y decir:

“Eso ocurrió.”

“Me dolió.”

“Me cambió.”

“Pero no es todo lo que soy.”

Y después volver al presente.

Porque aquí estás.

Y mientras estés aquí, todavía hay cosas que puedes elegir.

Haz de la gratitud una forma de vivir.

No necesitas esperar a sentirte completamente feliz para agradecer.

La gratitud puede convivir con la incertidumbre.

Con el cansancio.

Con los cambios.

Con las preguntas.

Con los comienzos.

Puede ser simplemente una pausa en medio de un día normal.

Un momento en el que recuerdas:

No todo está perdido.

No todo falta.

No todo tiene que resolverse hoy.

Hay cosas que ya están.

Y merecen ser vistas.

Una última pregunta para ti.

Esta noche, antes de dormir, quiero que te hagas solamente una pregunta:

¿Qué hay hoy en mi vida que no quiero dar por sentado?

No busques una respuesta perfecta.

Deja que aparezca la primera.

Puede ser una persona.

Una oportunidad.

Tu hogar.

Tu cuerpo.

Una amistad.

Un nuevo comienzo.

Tu libertad.

O simplemente la posibilidad de despertar mañana y tener otra oportunidad de elegir cómo quieres vivir.

Porque quizá la gratitud no consista en convencerte de que tienes una vida perfecta.

Quizá consista en aprender a mirar tu vida con más presencia.

Y cuando empiezas a mirar de esa manera, descubres algo hermoso:

hay mucho más que merece ser visto de lo que creías.

Con amor,

Con amor, Verónica
Fundadora de Esencia de Mujer

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